Si quieres sobrevivir a la cárcel, necesitas algo más que buenas intenciones. Necesitas una estrategia.
Cuando empecé a cumplir mi condena en 1987, no tenía libertad, privacidad ni control sobre mi entorno. Pasé el primer año en régimen de aislamiento. Tenía 23 años, encerrado en una pequeña celda, y me enfrentaba a la realidad de que podía perder los mejores años de mi vida por la ociosidad, la ira o la desesperación.
Sabía que tenía que tomar una decisión. Podía dejar que el sistema me derribara, o podía crear una rutina que me mantuviera fuerte. Esa decisión se convirtió en un punto de inflexión. Empecé a ver el estado físico y la salud mental no como objetivos separados, sino como partes interconectadas de la supervivencia.
Ese es el mensaje que quiero compartir con cualquiera que entre en el sistema. Si quieres superar la cárcel de la mejor manera posible, piensa seriamente en cómo cuidarás de tu cuerpo y tu mente.
Empieza por lo que puedes controlar
La cárcel te quita muchas opciones. Controla tus movimientos, tus comidas, tu horario y tu entorno. Pero incluso en la cárcel, sigues controlando algunas cosas.
Puedes controlar a qué hora te acuestas. Puedes controlar a qué hora te levantas. Puedes controlar si aprovechas bien tu tiempo. Puedes controlar si te fijas metas y si te esfuerzas por alcanzarlas.
En el aislamiento, no tenía patio, pista de atletismo ni sala de pesas. Tenía una celda. Así que trabajé con lo que tenía. Me fijé la meta de hacer 500 flexiones cada día.
Ese número importaba menos que la disciplina que había detrás. Tenía un objetivo. O lo alcanzaba o no. Al fijarme una meta cuantificable y esforzarme por alcanzarla, fortalecí algo más que mi cuerpo. Fortalecí mi confianza.
Esa es una de las lecciones más importantes que aprendí en prisión. Cuando te fijas una meta y la cumples, empiezas a demostrarte algo a ti mismo. Empiezas a creer que tus decisiones siguen importando. Esa creencia puede proteger tu salud mental en un entorno muy difícil.
Deja que tu rutina evolucione a medida que tú evolucionas
La estrategia que te ayuda en el primer mes de condena puede que no sea la misma que te acompañe durante el décimo año.
Cuando me trasladaron de la celda de aislamiento a la prisión, tuve más oportunidades. Podía entrenar con pesas. Podía salir al aire libre. Podía usar pesas libres, bancos de press, soportes para sentadillas, barras de fondos y barras de dominadas. Durante años, entrené duro con pesas.
Pero, con el paso del tiempo, cambié.
Alrededor de los 30 años, me di cuenta de que aún me quedaban muchos años por delante. Empecé a añadir el running de larga distancia a mi rutina. Más tarde, cambié aún más. A mediados de los treinta, dependía menos de las pesas pesadas y más de ejercicios con el peso corporal, como flexiones y fondos. Con el tiempo, aumenté aún más mis distancias de carrera.
Recuerdo haber leído que correr es un deporte para personas reflexivas. Esa idea se me quedó grabada. Quería convertirme en una persona reflexiva. Correr me dio espacio para reflexionar, pensar, procesar y desarrollar resistencia de formas que iban más allá de lo físico.
La lección es sencilla. Tu plan de entrenamiento debe adaptarse a tu etapa de la vida, a tu situación, a tu edad y a tus circunstancias. El objetivo no es copiar la rutina de otra persona. El objetivo es crear una rutina que te ayude a mantenerte disciplinado, sano y productivo.
La forma física favorece la salud mental
Demasiadas personas consideran el ejercicio como algo superficial. En prisión, yo lo veía de otra manera. El ejercicio físico era una herramienta de supervivencia.
El ejercicio me ayudó a lidiar con el estrés. Le dio estructura a mi día. Redujo la sensación de impotencia. Me dio una forma de medir el progreso en un entorno donde todo parece estancado.
Cuando dices: «Hoy haré esto», y luego lo haces, recuperas un sentido del orden. Empiezas a actuar como el director general de tu propia vida. Esa mentalidad es importante en la cárcel porque el sistema intenta constantemente definirte por tu número, tu cargo o tu nivel de custodia.
Debes definirte a ti mismo por tus acciones.
En mi caso, el ejercicio me ayudó a preservar esa identidad. Me recordó que seguía siendo responsable de cómo vivía cada día. Fortaleció mi cuerpo, pero también evitó que mi mente se desviara hacia la desesperanza.
Si tu mente no es fuerte, la cárcel se vuelve más dura de lo que tiene que ser.
Evita riesgos innecesarios
Tomé la decisión deliberada de no participar en deportes organizados mientras estuve en prisión.
No fue porque pensara que los deportes fueran malos. Creo que los deportes pueden ser valiosos. Pero tuve que evaluar los riesgos y las recompensas en el entorno en el que vivía. En instituciones volátiles, especialmente en centros penitenciarios de alta seguridad, las emociones pueden intensificarse rápidamente. La gente puede ser objeto de burlas, pasar vergüenza o recibir desafíos. Un conflicto menor en una cancha o un campo puede convertirse en algo mucho más grave.
Vi situaciones en las que las consecuencias fueron graves.
Así que elegí actividades que me permitieran desarrollar fuerza sin exponerme a peligros innecesarios. No podía controlar cómo reaccionaría otra persona, pero sí podía controlar las rutinas que elegía para mí mismo.
Ese es otro principio importante para cualquier persona en prisión. No te limites a preguntarte si una actividad es saludable en teoría. Pregúntate si es prudente en tu entorno. El buen juicio forma parte de la autodefensa.
Crea un historial de disciplina
Una de las mejores cosas que puedes hacer en prisión es documentar lo que estás haciendo.
No te limites a trabajar en ti mismo. Documenta el trabajo. Muestra los objetivos que te fijas, los hábitos que creas, los libros que lees, las lecciones que aprendes y el progreso que haces. En Prison Professors, animamos a las personas a crear un historial documentado de su crecimiento, ya que ese historial puede devolver la confianza, reforzar el apoyo y ayudar a otros a creer en tu compromiso con el cambio. Nuestra misión es ayudar a las personas en prisión a prepararse para el éxito a través de recursos gratuitos y autodirigidos, y eso comienza con la responsabilidad personal y la acción diaria.
Siempre le digo a la gente las mismas tres cosas: seré honesto, nunca le pediré a nadie que haga algo que yo no haya hecho, y nunca le pediré a nadie del sistema que me pague ni un céntimo. Esas promesas son fundamentales para el trabajo que hacemos.
La documentación es importante porque la confianza crece cuando puedes ver pruebas de tu propio esfuerzo. El apoyo también crece cuando los demás pueden ver ese esfuerzo. Cuanto más te esfuerces por mejorar, más fácil será para los demás creer en ti.
Ese apoyo puede ser de gran importancia mientras estás dentro y después de que vuelvas a casa.
Usa la cárcel para construir, no para dejarte llevar
Puede que no controles la comida. Puede que no te gusten las condiciones. Puede que no tengas acceso al nivel de nutrición, descanso o ocio que elegirías fuera. Esas limitaciones son reales.
Pero incluso dentro de esas limitaciones, aún puedes construir.
Puedes decidir que cada día incluya movimiento. Puedes decidir que cada semana incluya un esfuerzo cuantificable. Puedes decidir que tu disciplina física respalde tu disciplina mental. Puedes decidir que la cárcel no te convierta en un observador pasivo de tu propia vida.
Eso no significa que el camino sea fácil. Significa que el camino cobra sentido.
Cuando echo la vista atrás a los 26 años que cumplí, sé que el ejercicio físico nunca se trató solo de mantenerme en forma. Se trataba de preservar mi identidad. Se trataba de proteger mi salud mental. Se trataba de demostrar, día tras día, que aún tenía el poder de influir en el hombre en el que me estaba convirtiendo.
Esa misma oportunidad existe para ti.
No necesitas mi rutina exacta. Necesitas tu propio plan. Crea uno que se adapte a tu edad, tu condena, tu condición y tus objetivos. Luego síguelo con disciplina. Mídelo. Ajústalo. Sigue adelante.
El sistema puede llamarte recluso, condenado o preso. Pero tú sigues teniendo el poder de decidir cómo vas a vivir este capítulo.
Pregunta para la reflexión: ¿Qué rutina diaria podrías empezar ahora mismo que te hiciera más fuerte físicamente, más estable mentalmente y más preparado para el futuro que quieres construir?
